París, Francia, siglo XVI
Habían pasado ya muchos años desde que Juana de Arco guiase
al ejército francés contra los ingleses,
lo que a la postre permitiría a Carlos VII ser coronado rey de Francia. Ahora, la que fuera solo una
campesina, era venerada por la Ligue catholique, y nada hacía presagiar que
siglos después se convertiría en santa, y símbolo patriótico en toda Francia.
Era una mañana mas en París, y el mercado de la Grand
Friperie bullía de gente. Los mercaderes y artesanos vendían a plena voz sus
productos, y los parisinos acudían desde todos los rincones de la capital para
comprar.
En su puesto de hierbas aromáticas, la joven Audrey
iluminaba con su sonrisa y su simpatía a todo aquel que precisase de su ayuda
para comprar la hierba correcta que curase sus dolencias o simplemente como
producto de belleza. Todas las mujeres de la nobleza parisina querian parecerse
a la siempre atractiva y esbelta Catalina de Médici, y le solicitaban a Audrey el
remedio preciso para cuidar su figura, y conseguir un cuerpo bonito.
No solo la mujer del rey Enrique II era capaz de llamar la
atención con su belleza.
Bastian, artesano parisino, había quedado prendado de Audrey
desde la primera mañana que la vió en su puesto del mercado. Aunque había algo
que evitaba que Bastian hablara con la joven mercader, y es que a diferencia
de ella, al artesano no le iba nada bien su negocio, y eso hacía que mientras Audrey
era una de las mercaderes más famosas y acomodadas de la ciudad, Bastian viviese
en una de las zonas humildes de París, a las orillas del Sena, más como un
ciudadano de a pie, que como un verdadero artesano de los que tenian un nivel
de vida acomodado, de esos que a veces también realizaban trabajo para la
nobleza, casa real, e incluso la iglesia.
Bastian lo tenía todo en contra de cara a lograr ganarse el corazón
de Audrey, puesto que en la Francia de finales del XVI, las clases sociales
mantenían claras e infranqueables diferencias. Pero el joven artesano atesoraba
un espíritu soñador y valiente, lo que le provocaba ser incapaz de renunciar a
sus más grandes anhelos, y Audrey era el mayor de ellos.
Paris estaba avocada a ser testigo de la más noble de las
batallas por el amor entre dos jóvenes con vidas opuestas, como si del sol y la luna se tratase.

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