21 de enero de 2017

Romance au Grand Friperie (I)



París, Francia, siglo XVI

Habían pasado ya muchos años desde que Juana de Arco guiase al ejército francés contra los ingleses, lo que a la postre permitiría a Carlos VII ser coronado rey  de Francia. Ahora, la que fuera solo una campesina, era venerada por la Ligue catholique, y nada hacía presagiar que siglos después se convertiría en santa, y símbolo patriótico en toda Francia.

Era una mañana mas en París, y el mercado de la Grand Friperie bullía de gente. Los mercaderes y artesanos vendían a plena voz sus productos, y los parisinos acudían desde todos los rincones de la capital para comprar.

En su puesto de hierbas aromáticas, la joven Audrey iluminaba con su sonrisa y su simpatía a todo aquel que precisase de su ayuda para comprar la hierba correcta que curase sus dolencias o simplemente como producto de belleza. Todas las mujeres de la nobleza parisina querian parecerse a la siempre atractiva y esbelta Catalina de Médici, y le solicitaban a Audrey el remedio preciso para cuidar su figura, y conseguir un cuerpo bonito.

No solo la mujer del rey Enrique II era capaz de llamar la atención con su belleza. 
Bastian, artesano parisino, había quedado prendado de Audrey desde la primera mañana que la vió en su puesto del mercado. Aunque había algo que evitaba que Bastian hablara con la joven mercader, y es que a diferencia de ella, al artesano no le iba nada bien su negocio, y eso hacía que mientras Audrey era una de las mercaderes más famosas y acomodadas de la ciudad, Bastian viviese en una de las zonas humildes de París, a las orillas del Sena, más como un ciudadano de a pie, que como un verdadero artesano de los que tenian un nivel de vida acomodado, de esos que a veces también realizaban trabajo para la nobleza, casa real, e incluso la iglesia.

Bastian lo tenía todo en contra de cara a lograr ganarse el corazón de Audrey, puesto que en la Francia de finales del XVI, las clases sociales mantenían claras e infranqueables diferencias. Pero el joven artesano atesoraba un espíritu soñador y valiente, lo que le provocaba ser incapaz de renunciar a sus más grandes anhelos, y Audrey era el mayor de ellos.   

Paris estaba avocada a ser testigo de la más noble de las batallas por el amor entre dos jóvenes con vidas opuestas, como si del sol y la luna se tratase. 



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