Te echo de menos. Quería que lo supieras por si acaso tú también dudas en algunos momentos, de esa decisión de mandarlo todo a la mierda. Ha pasado ya un tiempo, lo sé. Pero te echo de menos. Desde la primera noche que pasé sin ti, cuando notaba el frío de ese lado de la cama que te pertenece solo a ti. Podrías volver cuando quisieras, porque necesito tu calor.
Te echo de menos en cada momento del día. Al despertar, echo de menos la placidez de tu rostro dormido, la sonrisa que me dedicas en cuanto eres consciente de que te estoy mirando. Y luego viene ese abrazo de buenos días que es lo que me da la fuerza para afrontar el día. Y las risas en el lavabo y los besos en la ducha. Tal vez podrías volver.
Según van pasando las horas te echo más de menos. Se me acaban las fuerzas cuando me doy cuenta de que no vas a venir nunca más. La perspectiva de llegar a casa y estar solo me aplasta y no dejo de pensar en ti. Parece que te echo más de menos de lo que nunca hubiera imaginado. Porque echo de menos sentarme contigo en el sofá, que me acaricies el pelo, que me asegures que mañana va a ser un gran día.
La noche es peor. Tu ausencia se hace aún más evidente y el concepto de echar de menos ni siquiera se acerca a lo que siento. El recuerdo de tu olor se me incrusta en el alma y no puedo dormir, no consigo dormir porque siento tu aroma, pero no siento tu cuerpo. Tal vez sea el momento de que vuelvas, amor.
Porque te echo tanto de menos.

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